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Raíces

La carretera de doble sentido se extiende prácticamente en línea recta durante los últimos kilómetros del trayecto. Parece un elemento anacrónico, una gran plancha prefabricada de asfalto descargada con cuerdas por dos helicópteros con silenciadores, depositada entre bosques de encinas, campos amarillentos y fardos de heno que ni siquiera se enteraron de la invasión que estaban a punto de sufrir. Al margen de los postes y cables de alta tensión, la vista desde la carretera parece corresponder a una época anterior, y el joven que se sienta en la penúltima ventana del autobús tiene una visión fugaz de su abuela con la misma edad que él tiene ahora, montada en una burra que avanza pisando un camino de tierra que ya hace tiempo fue enterrado bajo el asfalto por el que ruedan los neumáticos del autobús.  Más allá de los árboles y los montículos de paja, asoman colinas divididas en parcelas sembradas con surcos paralelos entre sí y perpendiculares a los surcos de las parcelas adyacentes, como el suelo de parquet de su habitación en la residencia pero a gran escala.

Al coger el desvío, la carretera comienza a serpentear y el traqueteo del autobús sobre el suelo irregular le recuerda que dentro de poco aparecerá uno de esos carteles de letras negras mayúsculas sobre fondo blanco reflectante que plagan las carreteras españolas. Pocos metros después, se verá el pequeño edificio donde el chico fue a la escuela hasta que a los siete años le mandaron a estudiar al pueblo de al lado porque no había recursos para mantener abierto el colegio de un aula al que solo asistían tres alumnos de edades dispares. A continuación del aula cerrada, comenzarán a sucederse las casas con paredes de piedra y adobe, con puertas de madera y escobas de paja apoyadas contra esquinas y poyetes de ventanas. Como un elemento más del paisaje, mujeres vestidas con ropa oscura y pañuelos en la cabeza, y hombres con boinas y bastones, permanecerán sentados sobre sillas de mimbre o improvisados bancos de piedra, viendo pasar a los pocos coches que atraviesan el pueblo al atardecer. En la plaza del ayuntamiento, el camión de la fruta estará a punto de partir con las arcas más llenas de lo que corresponde, tras haber cumplido la misión semanal de distribuir melones y sandías entre los ciento cuarenta y tres habitantes que hace menos de un mes eran ciento cuarenta y cinco. Alrededor de la placita, Paulina estará apoyada contra la puerta de su bar y Manuela barrerá la entrada de su casa, exactamente igual que había hecho todas las tardes cuando su salón aún albergaba la tienda de ultramarinos que hoy ya nadie echa en falta.

Dentro de unos minutos, tras bajarse del autobús y recoger su maleta, el joven avanzará por la calle principal, hasta la casa más bonita del pueblo, con su puerta de metal naranja, su descuidado rosal enroscado en los barrotes medio desconchados del balcón y sus nidos de golondrinas bajo el voladizo del tejado. Sobre un poyo pegado a la pared de la casa, mirando hacia la plaza, encontrará sentados a una mujer y un hombre que olerán a oveja a pesar de haberse duchado y haberse enfundado la ropa limpia de los domingos. Con los brazos abiertos, los ojos vidriosos y la cazuela de garbanzos sobre la mesa de la cocina, llevarán más de una hora inmóviles frente a la puerta de su casa, esperando al hijo que la ciudad parece haberles robado. Cuando él les vea, sentirá precisamente el sentimiento que le ha impedido volver a casa desde hace casi dos años y sabrá que poco importa lo cosmopolita que sea su ropa, lo transgresora que sea la música que escucha en su móvil con pantalla táctil y lo intelectuales que sean las películas que se descarga en el ordenador que sus padres le regalaron justo antes de partir. Se dará cuenta de que esté donde esté y por mucho que a los veintiún años crea que quiere olvidarlo, él siempre será de Rodillas de Castro.

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Rodillas de Castro by María Vaquero is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.
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